jueves, 14 de octubre de 2010
miércoles, 6 de octubre de 2010
Poeta con el cielo a cuestas
¿A dónde vas poeta
que caminas con el firmamento a cuestas?
Si te sueño hoy, soñaré que soñabas
con un cargamento apenas igual al mío.
Porque me es imposible cortar esa flor
que echa raíces sobre tus paredes,
anidar tus palabras sobre el piélago resquebrajado
De mis montañas que no adhieren nada.
Tú, poeta del sur, que arrastras la brisa marina
¿adónde vas?
¿A dónde llevas la sal que se disloca entre tus hebras?,
A dónde la furia del mar arrepentido-la roca-
Eco de caracolas que golpea mis oídos incesantes?.
Dejas la estatua de piedra-espejo mío
Sin el reflejo de tus olas, de algas verdiazules.
La arena estéril remoja zapatos de arcilla
Las dunas guardan melancólicas caricias de olas ancestrales.
Adonde vas poeta que caminas con el cielo a cuestas,
Con ese tu mundo donde me es imposible entrar.
Dónde recojo tus pasos, tus amaneceres, tus aires estivales
Para guardarlo dentro de una caja de agua.
Si sueñas hoy, soñarás que te soñaba
Soñando.
Detengo la marcha sobre tus pasos,
entre la honda grieta de mi memoria.
Con un cargamento imposible en mis espaldas
te pregunto entonces:
¿porqué me es imposible arrancar esa flor
que echa raíces sobre tus paredes?
que caminas con el firmamento a cuestas?
Si te sueño hoy, soñaré que soñabas
con un cargamento apenas igual al mío.
Porque me es imposible cortar esa flor
que echa raíces sobre tus paredes,
anidar tus palabras sobre el piélago resquebrajado
De mis montañas que no adhieren nada.
Tú, poeta del sur, que arrastras la brisa marina
¿adónde vas?
¿A dónde llevas la sal que se disloca entre tus hebras?,
A dónde la furia del mar arrepentido-la roca-
Eco de caracolas que golpea mis oídos incesantes?.
Dejas la estatua de piedra-espejo mío
Sin el reflejo de tus olas, de algas verdiazules.
La arena estéril remoja zapatos de arcilla
Las dunas guardan melancólicas caricias de olas ancestrales.
Adonde vas poeta que caminas con el cielo a cuestas,
Con ese tu mundo donde me es imposible entrar.
Dónde recojo tus pasos, tus amaneceres, tus aires estivales
Para guardarlo dentro de una caja de agua.
Si sueñas hoy, soñarás que te soñaba
Soñando.
Detengo la marcha sobre tus pasos,
entre la honda grieta de mi memoria.
Con un cargamento imposible en mis espaldas
te pregunto entonces:
¿porqué me es imposible arrancar esa flor
que echa raíces sobre tus paredes?
Por
“Tócame” pensó. De pronto las manos del licenciado se aproximaron hasta rozarle con la yema de los dedos. Sintió bonito, eso quería como todos los días, en secreto, en el fondo de la oficina. Empezó a temblar, extasiada, y hacer quejidos fuertes. El licenciado se alarmó.-Lupita- dijo a través del altavoz- La computadora se bloqueó de nuevo y ha empezado a temblar.
domingo, 29 de agosto de 2010
Babel
La lluvia continuaba. Era una lluvia dura,
una lluvia constante, una lluvia minuciosa y opresiva.
Era un chisporroteo, una catarata,
un latigazo en los ojos, una resaca en los tobillos.
Ray Bradbury
Cansado de aquella faena diaria, estacionó el auto en mitad de la calle. Fue sorprendente que a esa hora destinada a la peor turbulencia del tráfico la calle estuviese silenciosa, sin un alfiler sobre el asfalto hirviente. La niña gritaba como bestia en el fondo de los sillones sucios, con heridas en las piernas y brazos aspiraba un viento gélido lejano de las montañas.
Estando fuera del auto la realidad era otra. No eran los campos que pintaban las ventanillas interactivas, ni las amplias colinas que rodeaban un valle apacible con lagos y garzas. Una tierra de podredumbre alzaba su dominio por todos los rincones de la ciudad, las casas magníficas se levantaban con su belleza en la fealdad del mundo y de las gargantas tosientas de las fábricas escapaban pájaros negros que sofocaban el aire.
-Esto es una mierda- se dijo. Caminó por un momento, entre botellas y bolsas de plástico, hasta que el aire enrarecido le hizo volver al auto.
-¡Eres un inútil!- gritó la niña desde el asiento trasero. Él cerró de un portazo. Por el retrovisor fijó sus ojos en los de la chica. El calor de allá afuera podía derretir sin duda una lata de aluminio, ahora que él apretaba el acelerador se daba cuenta de la viscosidad de su zapato, la suela derretida se apelmazaba en los pedales.
-¡Eres un inútil!- gritó de nuevo la niña. Desprendió con sus manos infantiles el cinturón que la aprehendía al asiento, haciendo muecas se levantó y le dio un puñetazo en la cara.- ¡Te odio!-. Satisfecha le escupió, con una carcajada diabólica volvió a sentarse. Él sintió la saliva con trozos de galleta y chocolate. Sacó un pañuelo para limpiarse.
Giraron por un recodo amplio de flores amarillas, volaban encima tenues mariposas a contraluz de un sol tibio encaramado en las ramas de los sauces. La niña sacó un caramelo y se lo metió a la boca. El auto frenaba de nuevo.
-¿Qué haces?- preguntó ella. Ahora tenía la boca manchada de caramelo, bolas de chicle se enredaban en sus cabellos.- ¡Inútil! ¿A dónde vas inútil?
Él abrió la boca y se internó en el mundo apocalíptico. La niña vio tras la ventana, el paisaje cambiaba de repente, de un lienzo primaveral se transformaba en alfombra de hojas secas, apoyó sus codos en el cristal:-Es un estúpido- se dijo. Echó a reír saboreando la miel del caramelo. Cuando él estuvo de vuelta no le dijo nada. Entró en el auto y al pisar otra vez el pedal se dio cuenta de que ahora sí su zapato era una piltrafa que pendía de sus pies rojos e hinchados, la carretera se bordeaba de pinos y la niña cayó en un aletargamiento mortal. Iban a casa donde esperaban los demás. Donde esperaba el infierno, una parte la traía en la parte trasera del auto.
Habían salido -como siempre- aquella mañana muy temprano rumbo a la casa de los abuelos, y en todo ese tiempo la niña no había dejado de insultarle. “Tú no conoces el mar”- le había retado desde el principio- las últimas horas las desperdició comprándole helados y dulces en cada estación donde paraban. “No puedes hacer nada bueno en esta vida” le dijo siempre, en toda la carretera recorrida. No recordaba muy bien cómo fue que salió de aquella boca infernal la apuesta por la que ahora entraba en vericuetos inaccesibles. Desde entonces ella no había parado de reírse y redoblar los insultos. Tenía rotos los juguetes, los despedazaba contra el cristal del parabrisas, el hastío inundaba su rostro redondo y perfecto.
Cuando pararon nuevamente, él salió a la calle. La niña vio una nieve recubriendo el pasto y pinos silenciosos extendiéndose de aquí a allá. Algunas aves pasaban encima el auto, emigrando. Él no volvió después de media hora, trajo la ropa hecha harapos. Mugroso y sediento cerró de un portazo. La niña se rió.
-¡Imbécil!
Volvió a verla por el retrovisor, el encaje blanco de las mangas del vestido rosa aguardaba una podredumbre humana. La agarró por el brazo y la sacó al asfalto hirviente, donde no había rastros de nieve y maravillas, una bola de fuego explotaba en el firmamento a cada minuto.
-¿Con que querés conocer el mar?, te mostraré algo mejor.
Caminaron unos segundos. Entre los pedruscos transitaban insectos, las moscas se levantaban del polvo con un sonido chillante, en las celdillas de sus ojos se multiplicaban los cuerpos que descendían sudorosos. Lejos volaban aves rapaces, rinocerontes mutantes atravesaban el desierto y como sombras gigantes-simulados tanques de guerra- mugían elefantes con cuernos. ¡Basta!, gritó ella, cayó de bruces sobre el polvo quemado y él siguió descendiendo. Un oleaje de moscas cayó sobre su vestido, las hormigas subían por el pelo ensortijado buscando migajas de galletas. Como origamis de papel avanzaban panteras triformes, volaban cucarachas gigantes inmortales entre las rocas. Entre los pedruscos que le herían los talones se sentó a esperar, el hombre era un punto brillante entre una llanura polvorienta que se movía con el viento. Le gritó varias veces para que volviera, en vano.
-¡Tonto!- dijo. Limpió de sus ojos las primeras lágrimas que rodaban por sus mejillas, no conocía hasta ese momento la tristeza. El hombre se detuvo por fin, lejos le llamaba, de pie esperaba en el fondo. Las aves caían, no lejos de donde estaba. Bajó por instinto porque sabía que al automóvil no podía volver sino con él, los zapatos que llevaba puesto eran guiñapos que se adherían a sus costras sangrantes. Tiró el celular entre unas ramas espinudas, las teclas estaban derritiéndose, un dolor electrizaba su cuerpo.
A mitad del camino un ave le picó la espalda, le desgarró el vestido con un trozo de carne. Cayó rendida entre bolsas de basura putrefacta. El hombre llegó hasta donde estaba, la agarró y bajaron juntos a la playa. La llanura de agua se movía lentamente, sus olas muertas daban el último suspiro y sus movimientos llegaban apenas a rozar los granos de la costa. El hombre en cuclillas vio en el horizonte, se puso a reír. La niña la miraba asustada, en silencio.
En el fondo giraban todavía últimas embarcaciones en un mar de gelatina. En partes el mar ardía, y encima del piélago brotaban peces muertos, peces vivos que se restregaban en el fango de sus escamas. El mar putrefacto, de petróleo, hervía.
-Este es el mar- le dijo. El hombre vio a la chica que lloraba desconsoladamente.
-Volvamos.- imploró ella.
“Todavía no” pensó. En el fondo del mar se acumulaban restos de aluminio, huesos, cuerpos que las olas se llevaban en movimientos de gelatina, acumulándolo en una torre. Torre que se alzaba tocando el cielo. La noche avanzaban por el lado oriente, desplazándose, después de un tiempo ascendieron los dos en silencio sobre los mismos pedruscos.
Tardaron en encontrar el auto. Cuando llegaron, la niña suspiraba, era una pena verlo. Él arrancó buscando el camino de regreso y en las ventanillas aparecían lagos donde se ahogaba la luna, cervatillos que brincaban flores bañadas de rocío. La niña no hablaba, se limpiaba los mocos y suspiraba.
-Toma un caramelo- le dijo él.
Tímida extendió su brazo. Él la vio compasiva y le guiñó un ojo. Sentía su cuerpo cansado y tenía hambre, sus pies descasaban encima del asiento de doble confort, el olor a muerte no se le quitaba del cuerpo. Quitó la envoltura, la guardó en la bolsa de su vestido, llevó el caramelo grande y jugoso a su boca.
-Gracias papá…-(la primera palabra de bondad)- ¿de qué sabor es?
Él vaciló un momento. Recordó las últimas tiendas y los últimos insultos. Claro, no lo había olvidado. Tenía esperanzas de un mejor futuro. Cansado de aquella faena diaria, estacionó el auto en mitad de la calle.
-…Cianuro – contestó.
una lluvia constante, una lluvia minuciosa y opresiva.
Era un chisporroteo, una catarata,
un latigazo en los ojos, una resaca en los tobillos.
Ray Bradbury
Cansado de aquella faena diaria, estacionó el auto en mitad de la calle. Fue sorprendente que a esa hora destinada a la peor turbulencia del tráfico la calle estuviese silenciosa, sin un alfiler sobre el asfalto hirviente. La niña gritaba como bestia en el fondo de los sillones sucios, con heridas en las piernas y brazos aspiraba un viento gélido lejano de las montañas.
Estando fuera del auto la realidad era otra. No eran los campos que pintaban las ventanillas interactivas, ni las amplias colinas que rodeaban un valle apacible con lagos y garzas. Una tierra de podredumbre alzaba su dominio por todos los rincones de la ciudad, las casas magníficas se levantaban con su belleza en la fealdad del mundo y de las gargantas tosientas de las fábricas escapaban pájaros negros que sofocaban el aire.
-Esto es una mierda- se dijo. Caminó por un momento, entre botellas y bolsas de plástico, hasta que el aire enrarecido le hizo volver al auto.
-¡Eres un inútil!- gritó la niña desde el asiento trasero. Él cerró de un portazo. Por el retrovisor fijó sus ojos en los de la chica. El calor de allá afuera podía derretir sin duda una lata de aluminio, ahora que él apretaba el acelerador se daba cuenta de la viscosidad de su zapato, la suela derretida se apelmazaba en los pedales.
-¡Eres un inútil!- gritó de nuevo la niña. Desprendió con sus manos infantiles el cinturón que la aprehendía al asiento, haciendo muecas se levantó y le dio un puñetazo en la cara.- ¡Te odio!-. Satisfecha le escupió, con una carcajada diabólica volvió a sentarse. Él sintió la saliva con trozos de galleta y chocolate. Sacó un pañuelo para limpiarse.
Giraron por un recodo amplio de flores amarillas, volaban encima tenues mariposas a contraluz de un sol tibio encaramado en las ramas de los sauces. La niña sacó un caramelo y se lo metió a la boca. El auto frenaba de nuevo.
-¿Qué haces?- preguntó ella. Ahora tenía la boca manchada de caramelo, bolas de chicle se enredaban en sus cabellos.- ¡Inútil! ¿A dónde vas inútil?
Él abrió la boca y se internó en el mundo apocalíptico. La niña vio tras la ventana, el paisaje cambiaba de repente, de un lienzo primaveral se transformaba en alfombra de hojas secas, apoyó sus codos en el cristal:-Es un estúpido- se dijo. Echó a reír saboreando la miel del caramelo. Cuando él estuvo de vuelta no le dijo nada. Entró en el auto y al pisar otra vez el pedal se dio cuenta de que ahora sí su zapato era una piltrafa que pendía de sus pies rojos e hinchados, la carretera se bordeaba de pinos y la niña cayó en un aletargamiento mortal. Iban a casa donde esperaban los demás. Donde esperaba el infierno, una parte la traía en la parte trasera del auto.
Habían salido -como siempre- aquella mañana muy temprano rumbo a la casa de los abuelos, y en todo ese tiempo la niña no había dejado de insultarle. “Tú no conoces el mar”- le había retado desde el principio- las últimas horas las desperdició comprándole helados y dulces en cada estación donde paraban. “No puedes hacer nada bueno en esta vida” le dijo siempre, en toda la carretera recorrida. No recordaba muy bien cómo fue que salió de aquella boca infernal la apuesta por la que ahora entraba en vericuetos inaccesibles. Desde entonces ella no había parado de reírse y redoblar los insultos. Tenía rotos los juguetes, los despedazaba contra el cristal del parabrisas, el hastío inundaba su rostro redondo y perfecto.
Cuando pararon nuevamente, él salió a la calle. La niña vio una nieve recubriendo el pasto y pinos silenciosos extendiéndose de aquí a allá. Algunas aves pasaban encima el auto, emigrando. Él no volvió después de media hora, trajo la ropa hecha harapos. Mugroso y sediento cerró de un portazo. La niña se rió.
-¡Imbécil!
Volvió a verla por el retrovisor, el encaje blanco de las mangas del vestido rosa aguardaba una podredumbre humana. La agarró por el brazo y la sacó al asfalto hirviente, donde no había rastros de nieve y maravillas, una bola de fuego explotaba en el firmamento a cada minuto.
-¿Con que querés conocer el mar?, te mostraré algo mejor.
Caminaron unos segundos. Entre los pedruscos transitaban insectos, las moscas se levantaban del polvo con un sonido chillante, en las celdillas de sus ojos se multiplicaban los cuerpos que descendían sudorosos. Lejos volaban aves rapaces, rinocerontes mutantes atravesaban el desierto y como sombras gigantes-simulados tanques de guerra- mugían elefantes con cuernos. ¡Basta!, gritó ella, cayó de bruces sobre el polvo quemado y él siguió descendiendo. Un oleaje de moscas cayó sobre su vestido, las hormigas subían por el pelo ensortijado buscando migajas de galletas. Como origamis de papel avanzaban panteras triformes, volaban cucarachas gigantes inmortales entre las rocas. Entre los pedruscos que le herían los talones se sentó a esperar, el hombre era un punto brillante entre una llanura polvorienta que se movía con el viento. Le gritó varias veces para que volviera, en vano.
-¡Tonto!- dijo. Limpió de sus ojos las primeras lágrimas que rodaban por sus mejillas, no conocía hasta ese momento la tristeza. El hombre se detuvo por fin, lejos le llamaba, de pie esperaba en el fondo. Las aves caían, no lejos de donde estaba. Bajó por instinto porque sabía que al automóvil no podía volver sino con él, los zapatos que llevaba puesto eran guiñapos que se adherían a sus costras sangrantes. Tiró el celular entre unas ramas espinudas, las teclas estaban derritiéndose, un dolor electrizaba su cuerpo.
A mitad del camino un ave le picó la espalda, le desgarró el vestido con un trozo de carne. Cayó rendida entre bolsas de basura putrefacta. El hombre llegó hasta donde estaba, la agarró y bajaron juntos a la playa. La llanura de agua se movía lentamente, sus olas muertas daban el último suspiro y sus movimientos llegaban apenas a rozar los granos de la costa. El hombre en cuclillas vio en el horizonte, se puso a reír. La niña la miraba asustada, en silencio.
En el fondo giraban todavía últimas embarcaciones en un mar de gelatina. En partes el mar ardía, y encima del piélago brotaban peces muertos, peces vivos que se restregaban en el fango de sus escamas. El mar putrefacto, de petróleo, hervía.
-Este es el mar- le dijo. El hombre vio a la chica que lloraba desconsoladamente.
-Volvamos.- imploró ella.
“Todavía no” pensó. En el fondo del mar se acumulaban restos de aluminio, huesos, cuerpos que las olas se llevaban en movimientos de gelatina, acumulándolo en una torre. Torre que se alzaba tocando el cielo. La noche avanzaban por el lado oriente, desplazándose, después de un tiempo ascendieron los dos en silencio sobre los mismos pedruscos.
Tardaron en encontrar el auto. Cuando llegaron, la niña suspiraba, era una pena verlo. Él arrancó buscando el camino de regreso y en las ventanillas aparecían lagos donde se ahogaba la luna, cervatillos que brincaban flores bañadas de rocío. La niña no hablaba, se limpiaba los mocos y suspiraba.
-Toma un caramelo- le dijo él.
Tímida extendió su brazo. Él la vio compasiva y le guiñó un ojo. Sentía su cuerpo cansado y tenía hambre, sus pies descasaban encima del asiento de doble confort, el olor a muerte no se le quitaba del cuerpo. Quitó la envoltura, la guardó en la bolsa de su vestido, llevó el caramelo grande y jugoso a su boca.
-Gracias papá…-(la primera palabra de bondad)- ¿de qué sabor es?
Él vaciló un momento. Recordó las últimas tiendas y los últimos insultos. Claro, no lo había olvidado. Tenía esperanzas de un mejor futuro. Cansado de aquella faena diaria, estacionó el auto en mitad de la calle.
-…Cianuro – contestó.
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